Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas

5 de febrero de 2010

Caer por tu risa

Añoro caer por tu risa,
rozar tus dientes de leche
para ahogarme, pronto, en tu lengua
traviesa y prodigiosa.
Me arropo ahora, por esta noche,
en la tregua de tu pecho,
y luego, en la batalla de tu vientre,
renazco eterno en el instante
con mis hambres,
mis ternuras,
mis delirios y mi sangre.

Añoro tus aires, tus juegos,
tus senos de espuma
y la dulce sal de tu piel,
y la arena de tus dedos,
y tu risa, sí,
caer por tu risa,
pasar por tus dientes
y en tu lengua beber
las palabras, los deseos,
los pretextos de amor,
los consuelos.

Añoro esa figura tuya, tan azul,
las curvas de tus caricias,
tus caderas perfectas,
las canciones, tu pelo rojo
y tus ojos encendidos
como faros en la noche,
y tu risa, ay,
cómo añoro tu risa,
caer en tu voz, en el rumor
de tus pesadumbres, 
en el aliento de tu paraíso.

28 de noviembre de 2009

Imaginando a Neruda

El silencio es un océano callado, donde el vuelo de una gaviota o una tormenta furiosa escriben los detalles de la armonía y de la catástrofe. El océano oculta en su vientre azul un bosque que nunca perderá sus caminos, sus árboles entrelazados, sus escondites hoy paralizados, por los que los peces tienen miedo de pasar. No hay vida en el bosque bajo el mar. Ese eco que diríase poema de Neruda sólo es el rumor de la corriente, el reflejo desvaído del pasado en el espejo de las aguas compasivas.

Sin embargo, añoro tus pechos de pan y tus manos hábiles en el amor, y aún noto el roce inquietante de tantas aventuras sobre mi piel que languidece. Yo mismo propongo el poema de Neruda:
Amor, nada soy,
y sin ti soy lo que me faltas,
la ola salada de tu lengua,
el viento rabioso de tus ojos,
tu olor de secreto soberbio y
la selva exuberante de tu risa.
Nada soy, amor,
y sin ti soy lo que inspiras
ahí lejos, donde mis pies
amargos apenas llegan.
Amor, nada soy,
y sin ti…




26 de junio de 2009

La noche eterna de nuestro amor

LOS AIRES, EL CABELLO

Para venir a ti:

llegar hasta la loma

y olerte los cabellos,

donde el sol ya se puso

y cruzaron los aires.

Yaces ahora en penumbra

quieta,

            negando el tiempo

y los pasos suaves de la muerte.

¿Y el sol?

Más allá de los cerros.

¿Y el viento?

                     Susurrando en el valle.

(Francisco Álvarez Velasco, Noche)

Mis primeros discos de música clásica los compré en una tienda de electrodomésticos de San Fernando, hace muchísimos años. Uno de ellos era la historia de Scheherezade, de Rimsky-Korsakoff. Ni siquiera entonces, con aquella juvenil imaginación, rebosante y dolorosa, me dio por relacionar aquellos sonidos con los cuentos de las mil y una noches, pero sí recuerdo que, con los primeros compases de la Balada, entraba sin tardar en una región extraña, misteriosa, de pasajes iluminados por luces inexplicables, recodos que guardaban sorpresas cercanas a mi corazón libre.

Hoy escucho esta música al calor de tu recuerdo, a la luz de tus ojos, sobre el mullido pesar de mi nostalgia, y sin tardar un instante volaría a tu lado para abrazarte, para sentirte de nuevo cerca, para declararte con una sola mirada todo el amor que mi corazón ya no podrá nunca dejar de dedicarte. Son tantos los objetos delicados, tantas las risas infantiles, los arriesgados juegos, las aventuras inventadas, los besos inmortales... Todos llenan este pecho de barco a la deriva, salpicando de dolorosa alegría mi presente con sus aromas del pasado.

¿Estás ahí, mi niña? ¿Estáis ahí, mi Señora? El violín de vuestra voz acaricia con melancolía mis mejillas, y enjuga con su danza mis lágrimas. Sois, siempre seréis esa luz que me enseñó la puerta al extravío, el camino hacia mí mismo, y no puedo imaginar un futuro sin vos como no puedo imaginar un mundo sin aire. No sabría respirar sin saberos ahí, con vuestra sonrisa franca y valiente pintada en unos labios que espero besar mientras mis ojos se deleitan con los vuestros. ¿Estáis ahí, mi Señora? Los árboles mueren de desconsuelo tratando de borrar nuestras huellas con sus hojas marchitas, sin saber que así sólo hacen al Bosque más fértil y generoso, para que Vos y yo durmamos por los caminos, en los hermosos huecos de los árboles muertos, en la noche perpetua de nuestro amor. ¡Ah, mi Hada, cuánto os quiero!